Tiamat, la Reina Demonio.

Aparezco con uniforme de paladín, a las puertas del infierno. Me informan que la misión es erradicar el avance de la reina demonio, Tiamat, antes de que sea demasiado tarde. Montando a caballo, mis camaradas y yo nos sumergimos en las entrañas del infierno, muy parecido a como Dante lo describe en su Divina Comedia pero tal vez no tan torcido y tormentoso. Había llamas negras que ardían en lo profundo del abismo, y espíritus lamentándose sin cesar. Las estructuras estaban hechas de pierda, hueso y cráneos en su mayoría, y no me imagino que clase de hechicería usaron para construir los pilares, plataformas y puentes con un dejo de arquitectura gótica. Había altares ensangrentados en todas partes, y un montón de candelabros sosteniendo velas que, a pesar de las enormes cantidades de cerilla que habían botado, no parecían derretirse nunca por completo bajo el calor del fuego azul que las encendía.

Cabalgamos por los distintos pasillos y corredores, cruzamos los puentes que llevaban a los diferentes niveles y que adentraban cada vez más en el averno. Algunos demonios se cruzaron en nuestro camino, desde irritantes diablillos hasta gárgolas y basiliscos. Con un instinto innato, mi cuerpo reaccionó ante los ataques y bastaron no más que un par de precisas acometidas para acabar con sus aberrantes existencias. No cuestioné mi increíble habilidad ni por un momento, pero había una parte de mi conciencia que estaba alucinando con la situación. Avanzamos con convicción, con fanatismo, hasta que eventualmente nos encontramos con la torre que albergaba su trono, una torre cargada por titanes agonizantes. Siendo prácticos, Tiamat tenía la apariencia de la bruja promedio en un cuento de hadas, decrépita y arrugada. Llevaba nada más que negros harapos, pero lo que era horrendo es que no se podía distinguir qué parte de su cuerpo era piel y qué era ropaje, estaban de alguna forma ligados. Estaba sentada en su trono, en la cima de la torre, esperando nuestra llegada.

Tuvimos que saltar en los peñascos flotantes que llevaban hasta la torre, esquivando las llamaradas que ocasionalmente salpicaban amenazantes. Asediamos las gigantescas puertas metálicas que protegían la entrada, y arrasamos con el ejército de esqueletos que intentaban mermar nuestra cruzada. De aquí en adelante sería imposible usar los caballos, pues los escalones de la torre y las plataformas que daban hacia los niveles superiores cambiaban constantemente, flotaban de forma errática y a veces incluso se daban vuelta sin previo aviso. Sin embargo, todos estaban más que preparados para este momento, y los traicioneros pasajes no nos detendrían ahora. Llegamos a la cúspide de la torre, una enorme plataforma donde lo único que había era el trono de la temible tirana. El combate era inminente, y ante la irritación de ver su hogar “profanado” la reina de los demonios comenzó a lanzar conjuro tras conjuro con el fin de acabar con nuestras vidas. Mis compañeros y yo nos defendíamos con ensalmos y la magia de nuestros artefactos sagrados, apoyándonos además con nuestras tácticas militares. Nos cubríamos los unos a otros, y tomábamos turnos para entrar y salir de la línea de ataque. Eventualmente, la reina cayó, luego de ser empalada por la espada de mi capitán de escuadrón. Gritamos, victoriosos, maldiciendo la existencia de nuestra presa ahora caída. Oh, pero qué ilusos fuimos.

La decrépita figura de Tiamat no era más que un caparazón, una crisálida. Su figura comenzó a trisarse, y un brillo rojo emanaba desde su interior. Su cuerpo estalló, y luego de recuperarnos de la ceguera temporal, vimos su verdadera apariencia. Si Afrodita hubiese sido transformada en una súcubo, entonces Tiamat sería el resultado. Puedo dar por sentado en que todos los ahí presentes se estremecieron al ver su insolente figura, que aparentaba la pureza de cualquier virgen, pero que en realidad producía un deseo enfermizo. Sentí entonces un impulso de ira, una emoción que tuve que aprender a controlar en mi entrenamiento para mantener la compostura en el campo de batalla. Tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para frenar esta reacción tan súbita. Fue entonces que noté al capitán de escuadrón, completamente embelesado ante la reina demonio. Dejó caer su arma, y estoy seguro, nadie sabía en el nombre de Dios qué es lo que estaba pasando. Llevó sus temblorosas manos hacia el pecho de la tirana, y ésta en respuesta le abrazó con cinismo. En cuestión de segundos, el cuerpo del capitán se descompuso y no quedó más que una espesa pulpa escarlata en el suelo. Entonces entendí, Tiamat tenía el poder de hacer brotar la oscuridad de nuestros corazones, lo entendí porque la furia que explotó en mi interior me hizo perder la consciencia, y lo que es más…

Me hizo despertar.

Nota del autor:

Este sueño fue increíble. Verse a uno mismo blandir una espada con tanta precisión, manipular sortilegios y usar tácticas militares fue demasiado emocionante. La lucha contra los demonios fue, por decir lo menos, ¡Épico! El desenlace, si bien es un poco trágico, es completamente satisfactorio para el final. Algo que considero fue muy impactante es haberme despertado completamente enfurecido esa mañana. Estaba respirando muy fuerte, tenía el ceño fruncido y los dientes apretados. Lo que es más, este sueño lo tuve algunas semanas después de que soñé con “La Orden de Paladines”, y eso me hace pensar que es una especie de continuación de esa misma historia. ¡Es una locura!

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Published by: Zhungate

Saludos! Soy un estudiante de traducción que por alguna razón tiene sueños muy locos. He creado este espacio en las interwebz para compartirlos con el mundo.

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