Monólogo: Mirada.

Te veo. No te conozco, es primera vez que me encuentro contigo. Eres atractiva y lo sabes. Se nota en tu forma de caminar, en ese paso firme y seguro. Se nota en la manera en la que evitas el contacto visual, y no te culpo.

Mientras avanzas intento llamar tu atención, no con gestos, pero más bien con un anhelo. Te fulmino con la mirada, con el ceño un poco fruncido y semblante estoico, quiero que veas cuánto te tomo en serio.

Tal vez es tu instinto femenino, tal vez algo más te hace voltear levemente hacia el lado y nuestros ojos conectan. Por unos segundos puedo ver la guardia que rutinariamente llevas en alto. No despego la mirada de ti, a pesar de que a medida que te acercas me siento cada vez más tentado a apreciar tu figura, a desviar mi foco de atención a los encantos de tu cuerpo.

Pero hasta no ver tu respuesta, mantendré mi postura sólida y desafiante. Intento derribar tu vanidad, intrigar a tu ego o intimidar tu inseguridad. Te pongo a prueba, te reto, casi provocativamente. Todo depende de tu respuesta.

Muchas ni si quiera intentan leer más allá. Siguen caminando refugiadas en su, diría yo, bien justificada barrera.

Si al paso del segundo aún no desvías la mirada, entonces mantendré la ofensiva. Te regalaré una sonrisa, no es ninguna maravilla pero tampoco una burla, la verdad tú decides. Una vez te hayas enfrentado a mi, a este pequeño fragmento que se trasluce con mi sonrisa, solo entonces dejaré que me desprecies o me ignores todo lo que quieras, pues estás en tu legítimo derecho.

Sin embargo, si mi gesto baja tu guardia, entonces no dudes en exponer tu reacción, quiero con toda sinceridad conocerla. Devuélveme la sonrisa, levántame una ceja o ruborízate y escóndete, si quieres puedes hasta enfadarte, pero así como yo me expuse quiero ver una parte de tu ser que no se vea en la piel.

Entonces habremos tenido un momento más genuino que la asquerosa superficialidad con la que algunos intentan hacer el amor. Y no hay necesidad de llevarlo más allá, pues con este intercambio ya basta. Pero claro, la curiosidad puede ser difícil de saciar y si es así, bienvenida sea la eventualidad en la que decidimos hablar con el otro. Fuera de eso, espero que sigas tu camino con calma, pero ojalá un poco contagiada de alegría. Tal vez no te vea de nuevo, pero ten seguro que te recordaré.

——————————– o ————————————– o —————————————–

Hay una serie de situaciones y asuntos que he intentado abordar con este… texto. Si bien quise que tuviera ciertos atributos poéticos, la poesía está lejos de ser una de las disciplinas que domine. Me ha tomado mucho tiempo tratar de materializar este pensamiento, pero creo que por fin pude lograrlo usando este escrito como puente. Me parece pertinente aclarar desde un principio que soy de orientación heterosexual, y por lo mismo basé el relato y mi razonamiento bajo esos parámetros. No es que quiera excluir a nadie, lo digo simplemente para clarificar.

Uno de los temas tratados es el miedo con el que las mujeres andan en las calles. Una mujer que tuvo la fortuna de sobresalir por su aspecto físico en su vida debe siempre andar con precaución y en un estado de alerta perpetua, puesto que de cualquier parte puede salir un comentario de mal gusto, una invasión a su espacio personal y, en general, una transgresión de su integridad física o emocional. Lo que es peor, esto puede ocurrir incluso entre sus pares del mismo género. Como consecuencia, muchas intentan evitar hombres en cierta medida, ponen barreras, generan distancia, no dejan que cualquiera se acerque. No puedes culparles de hacerlo. En Chile, y en otros países Latinoamericanos, esta es una realidad muy recurrente, y es bastante triste tener que reconocerlo.

Sin embargo, es un tema que ya muchas mentes críticas se han dedicado a desglosar e intervenir, razón por la que no profundicé demasiado en ese aspecto. Dentro de las intenciones del relato, hay algo que hace mucho tiempo quería intentar poner en perspectiva, y eso es la libido masculina.

A pesar de que el narrador del relato está en la búsqueda de una experiencia, digamos, más trascendental, no deja de reconocer la presencia de atributos bastante terrenales, como lo es el deseo que le puede generar una figura femenina. Existe una tentación bastante sólida a querer saciar esos impulsos, y a veces un simple estímulo visual puede bastar, a veces no. Cualquiera que sea el caso, las maneras en que un hombre puede canalizar dichos impulsos es muy limitada. Verbalizarlos generalmente es contraproducente, pues te pueden etiquetar de pervertido e incluso misógino. Intentar materializar las fantasías esta fuera de la discusión, por razones que deberían ser obvias, pero tiene que ver con las normas de conducta moralmente correctas y en un nivel básico pero no menos importante, con el respeto hacia otra persona.

Pero entonces, tenemos una situación en la que toda esta energía que algunos estímulos generan en los hombres debe ser reprimida, incluso hasta reprochada por la mismísima consciencia del individuo en cuestión. No parece haber un punto medio para poder armonizar con este problema, o te sientes culpable por tener una mente “tan sucia”, o abrazas tu postura desde una perspectiva machista, normalizando tu conducta dentro de tu contexto y al final, siendo una pobre encarnación del respeto.

Creo que la principal causa de todo este lío tiene que ver con la educación, ya sea por su falta o mala orientación. Se habla mucho de los procesos biológicos detrás de la pubertad y sobre los preservativos, cómo evitar las drogas y el exceso de alcohol. ¿Pero quién te enseña a tener una sexualidad integra? Son pocos los casos en los que los profesores pueden abordar algo de esta magnitud con sus alumnos, no solo por la complejidad en fondo que el tema representa, pero también por las constantes estigmatizaciones que hay en torno a la vida sexual de las personas. Los alumnos por su parte no se lo toman en serio y hacen bromas, ridiculizan o desvirtúan la discusión, pero bueno, nada se le puede enseñar a alguien que cree que ya sabe, algo común entre los adolescentes. Por último, algunas prácticas religiosas intentan generar cierta orientación respecto al tema, pero también puede ocurrir que lo terminan haciendo más difuso. Esto no deja de ser un factor importante si consideramos la cantidad de familias que basan su formación valórica y principios en las distintas religiones.

Me parece prudente tomar en cuenta un punto de partida. Algo que pueda dar una pequeña luz guiadora a quienes realmente se preocupan por un asunto como este. De hecho, diría que es más bien simple, y es empezar por entender que no hay nada malo en sentirse excitado. Y no, no estoy intentando justificar a los violadores, acosadores y viejos verdes, que por cierto sería la peor manera de tergiversar lo que intento decir. Mi punto es que el problema no radica ahí, el problema está en la forma en que cada hombre canaliza y trabaja con su libido. Entender que es una reacción combinada de procesos biológicos y psicológicos que nos afecta, que nos carga con un tipo de energía y que debemos saber administrar hasta que podamos volver a la calma. Estar consciente de que es algo natural es parte de entenderse a uno mismo, y por ende, un paso hacia la armonización de este conflicto interno. Entender, por su puesto, que hay una serie de códigos de conducta a los que debes atenerte para mantener una sana convivencia contigo mismo y con los demás por lo anteriormente mencionado: El respeto.

Uf, explicar ese último punto me tomó más de lo que creí. Pero ya es tiempo de pasar al próximo tema, y tiene que ver con la sensualidad masculina.

Creo que, si lo analizamos con detenimiento, los estándares de belleza que se han implantado en la sociedad respecto a los hombres son casi tan rígidos como los de las mujeres. Las implicancias, sin embargo, son distintas, lo cual es un poco obvio. Un hombre atractivo no es simplemente un hombre de Vitruvio. Un hombre atractivo es exitoso, tiene un trabajo estable e interesante, se viste bien, tiene la confianza de un peleador de artes marciales mixtas, sabe cocinar, en fin.

Existen principalmente dos problemas con esto. En primera instancia no cuesta mucho ver cuánto es que los medios de comunicación y la publicidad nos bombardean con este estereotipo, y lamentablemente la sobre exposición nos termina afectando tarde o temprano. “Si repites una mentira lo suficiente, se vuelve la verdad”, o algo así iba el dicho. Entre los resultados que primero se me ocurren, sucede que o bien cedes a la idea y te haces uno con ella, o te resignas porque, dentro de tu contexto, te sería complicado alcanzar todos esos estándares, porque sorprendentemente, todos tenemos metas y visiones distintas de cómo queremos ser o cómo queremos vernos a nosotros mismos.

Segundo, si bien la lista de cosas que mencioné no es algo inalcanzable, la exposición se da desde tan temprana edad que se genera una presión innecesaria, incluso hasta perjudicial, de lo que los niños tienen que aspirar a ser. Uno puede, eventualmente, aprender a lograr todas estas cosas, pero corres el riesgo de sacrificar tus propias motivaciones o iniciativas, ya sea porque las dejas de lado o porque te convences de que estas otras metas son mejores. Si persigues estos estándares propuestos desde que eres adolescente, que es generalmente cuando la formación de la identidad comienza a ser un asunto importante, es probable que te veas frustrado al no ser capaz de alcanzarlos todos. Digo, obviamente hay excepciones, pero si esas excepciones fueran la regla entonces no tendríamos este problema, o tal vez tendríamos otro problema. La maduración juega un papel sumamente importante al momento de determinar cuáles son los logros que uno quiere perseguir, la pubertad y adolescencia son períodos demasiado turbulentos para los hombres como para que logren alcanzar esta idealización de su género. Se genera una especie de campo de batalla en que están los que lo logran y los que no, ambas partes teniendo que lidiar con una cantidad importante de confusión y frustración. Para aquellos que sienten que no encajan en ese “modelo”, les ocurre algo similar a lo que pasa en la siguiente fábula.

Cuenta la historia de una de una cría de elefante cautiva en un circo. Durante sus primeros años de edad, las personas del circo se aseguraban de que el pequeño elefante no escapara atándole a una gruesa estaca de madera. El elefante, como su instinto bien le advertía, hacía todos los esfuerzos posibles por intentar huir, tironeando y jalando de la cuerda que lo apresaba día tras día. Eventualmente, llegó el día en que dejó de forcejear. Pasaron los años, creció hasta ser un magnífico ejemplar, fuerte y majestuoso, y aun así era la misma estaca la que lo mantenía en su lugar.

Cuando todavía no tienes un criterio bien formado, valores, principios, autoestima y una serie de herramientas personales más, es muy fácil caer ante esta misma trampa. El rechazo, la desaprobación y los prejuicios perfectamente pueden jugar el papel de la estaca. Es cuando creemos en ellos que dejamos de ponerlos en duda o enfrentarlos. Por otra parte, cuando nos liberamos de ellos es cuando realmente podemos salir a buscar qué o quién queremos ser, desde nuestra propia esencia, no desde la imagen prefabricada que nos venden.

Y aquí ya es donde estoy llegando a un punto clave. Queda en nuestras manos encontrar la versión de nosotros mismos que queremos ser. Y en este sentido hay que ser más bien flexible, puesto que tal vez sí hay cosas dentro de los estereotipos que genuinamente te atraen, o puedes ser indiferente a ellas. Lo importante es identificar aspectos de la vida que nos provoquen admiración, inspiración, intriga. ¿Quiero ser un atleta de alto rendimiento? No buscar ser como Usain Bolt, sino encarnar a un gladiador. ¿Quiero ser innovador? No le copies a Steve Jobs, pon tu creatividad en un microscopio, encuentra tu iniciativa. Al final, cuando busques referencias intenta lo más posible dar con exponentes de excelencia, ya sea en una disciplina o en una perspectiva, pues esto te hace crecer un hambre natural por mejorar, por alcanzar cimas cada vez más altas. Todo esto dentro de tu propio ritmo, es un trabajo arduo que toma tiempo, y la espera se hace aún más notoria cuando vivimos en la época de la inmediatez. Yo por mi parte, soy un fiel creyente de que vale la pena cada segundo.

Haciendo un recuento de todo este análisis, nuestra visión del protagonista en la narración puede cambiar un poco. No describe sus rasgos físicos porque no lo necesita. Lo que él pone en juego para “seducir” a esta joven son aspectos de su personalidad y desplante. Algo tan sutil como una mirada, pero que puede tener una vasta profundidad.  Le sonríe, pensando en el gesto como un regalo, pues no debería ser menos, y entiende que dicho regalo puede ser aceptado o rechazado. Independiente de la respuesta, no cambia su intención. Él quiere que sea su sonrisa lo que provoque una reacción, puesto que él ha decidido que ese es uno de sus gestos más hermosos. Le mira intensamente como una muestra de honestidad, respeto y desplante. “Le toma muy en serio”. El protagonista se siente atractivo a su manera, y busca entre las sutilezas del lenguaje no verbal una interacción que puede ser hasta placentera.

Si has llegado hasta aquí leyendo, no puedo hacer más que agradecerte con todo mi ser. El desarrollo de esta idea pudo haber sido más ajetreado de lo que era necesario, pero le has dado una oportunidad y eso se aprecia muchísimo. Que tengas un excelente día.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s